Una de las imágenes que empieza a ser cotidiana en determinadas zonas de España es la de las placas solares en los tejados de las casas de labranza. Hablamos de refugios construidos de manera más o menos tosca en mitad de un cultivo. Son sitios pensados para tomarse un respiro, comer e incluso descabezar en sueño en medio de las duras labores del campo.

Muchas veces, han sido los propios agricultores –o sus ancestros- los que han levantado estas casas con sus propias manos y los conocimientos de albañilería que la necesidad y su hijo, el ingenio, les han aportado. Además, es raro que hayan tenido la ocasión de dotar de los servicios mínimos al edificio: para cocinar, basta con plantar una hoguera; para dormir, con echarse sobre un jergón; y para “otros menesteres”, bueno, estamos en el campo…

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Vuelta a las raíces, pero con el Smartphone

Sin embargo, y con eso de que las nuevas generaciones teníamos un tanto abandonado el agro, cuando hemos querido volver a él, hemos dado por sentadas una serie de comodidades que requieren de la electricidad: ya no basta con una radio que funcione con pilas o un generador de gasolina… necesitamos un suministro eléctrico constante y estable para la nevera, para la televisión… (no sólo vamos a trabajar la tierra: la casita de campo es un opción de relax cada vez más habitual).

La solución para obtener este flujo eléctrico pasa –no olvidemos que estamos en medio de la nada- por generar nuestra propia energía, ya que no sería práctico “engancharse” a una red que muchas veces se halla a varios kilómetros. Descartados, por caros, sucios e inestables, los generadores que funcionan con combustibles fósiles, nos quedan las mencionadas placas solares.

Por poco dinero y con muchas ventajas

Además de haberse abaratado la inversión, y a pesar del riesgo de robo o del absurdo canon sobre las energías renovables, el común de quienes viven del campo o van a disfrutar de él en su tiempo libre han entendido que lo barato y lo cómodo pasa por alimentar los aparatos con el sol.

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Poco importa que hablemos de conectar un motor para extraer agua de un pozo o de encender la tele para ver el programa que den a esas horas: las placas solares –las instalaciones solares, más bien- nos dan una cantidad de energía limpia suficiente para lo que precisemos y a un precio –le pese a quien le pese- razonable.

Al fin y al cabo, en un país con la cantidad de horas de luz tiene España, ¿por qué no íbamos a cultivar unos kilos de sol?